Mostrando entradas con la etiqueta interés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta interés. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de agosto de 2018

Tradición y progreso en educación (XXII): Entrevista a Gregorio Luri



A principios del mes de julio se publicó una interesante entrevista a Gregorio Luri en el marco de diversas conversaciones que está realizando la Fundación del BBVA con diversas personalidades del mundo educativo. No pude resistir la tentación de tomar papel y lápiz y, mientras la escuchaba, tomar nota de las ideas que me llamaban más la atención y comentarlas en este post del blog.

Gran parte de la entrevista la dedica a hablar sobre el dominio de la capacidad atencional. Luri define la atención como la capacidad de retorno inmediato a lo que haces, y destaca que se está convirtiendo en el nuevo coeficiente intelectual. En un mundo en el que la dispersión esta cada vez más a la orden del día, el ser capaz de controlar y dirigir la atención se acabará convirtiendo en un factor de éxito escolar y profesional.

Una de las primeras ideas que me llamó la atención fue la de la importancia de la relación personal, cara a cara, que tendemos a olvidar, en el contexto de la presencia creciente de las nuevas teconlogías. Esta es un elemento fundamental, porque la educación es ante todo un acto humano, en el que el maestro media entre el alumno y lo que se aprende. Esto es algo que no se puede perder y que tenemos que revalorizar, ya que es la clave del aprendizaje.

Otra reflexión que me pareció muy interesante fue la que se hace alrededor del creciente número de alumnos con TDAH. Una de las cosas que se sugiere es que, para gestionar esta creciente falta de atención, existen diversas posibilidades: el recurso a lo farmacéutico (que debiera de ser la última opción), o bien a los recursos que siempre se habían tenido para trabajar la atención, como la lectura lenta, las matemáticas, la música, la educación de la voluntad...

Aquí hay otra idea que surge con fuerza, que es la de la voluntad. No hemos de esperar a motivar a los niños de forma externa, sino que tenemos que reivindicar la voluntad y el conocimiento como motores del interés, porque son motores internos. No existe un sustituto para los codos y la satisfacción por el trabajo bien hecho.

Otra idea interesante es la de 'actividad pedagógica', que he podido leer en alguno de sus libros. Deberíamos de preguntarnos: esta actividad que hago en el aula, ¿es realmente una experiencia pedagógica? ¿Sirve para aprender? Porque si no sirve para aprender, posiblemente no tenga que estar en la escuela.

La defensa de la importancia de la lectura me parece otro aspecto muy interesante. Destaca que en España los niños leen mucho, y que dejan de leer en seco a los 11 años. Aquí deberíamos de preguntarnos si los profesores, en primer lugar, somos buenos lectores. ¿Conocemos buenos libros? ¿Somos capaces de guiarlos en el despertar de ese 'gusanillo' por la literatura? Porque como destaca más tarde, la lectura te da una intimidad contigo mismo que no te da nadie, y pone el ejemplo de un libro como la Isla del tesoro, y todo lo que se experimente con su lectura.

La parte final la dedica a hablar sobre la educación familiar, el valor de los referentes culturales. Se remarcan ideas como la importancia de la existencia de figuras de autoridad en casa, de límites firmes y cuidados, de que haya normas y sean incuestionables. Para ello es importante la existencia de unos hábitos innegociables y de unas convicciones firmes en cada familia.

Son solo algunas de las ideas que salen en la entrevista; son retazos de ideas, conceptos... que me han parecido interesantes y significativos. De nuevo, recomiendo ver y escuchar la entrevista con calma. En esta línea, recomiendo especialmente la lectura de su último libro: 'Elogio de las familias sensatamente imperfectas', que va en esta línea.

domingo, 13 de mayo de 2018

Tradición y progreso en educación (XV): del interés del alumno y otras cuestiones




Una de las grandes ideas que se repiten hoy en día en educación es la de que, para el aprendizaje, hay que partir de los intereses del alumno. A primera vista, parece una idea sea irrefutable: ¿quién se va a oponer a partir de los intereses de cada persona a la hora de aprender? Sin embargo, hay una serie de cuestiones de fondo que hacen que lo que parece evidente no lo sea tanto y que llevan a plantearse la conveniencia real de que este sea el axioma principal que oriente la acción educativa.



Personalmente, me parece importante tener en cuenta los intereses de los alumnos. La enseñanza es una tarea que se basa esencialmente en la relación entre el maestro y el alumno. El primero genera las condiciones necesarias para que sea posible ese aprendizaje. En este contexto, es bueno que el maestro conozca el contexto de sus alumnos, que establezca una relación personal con ellos que le lleve a conocer qué les interesa, qué les preocupa... Ahora bien. ¿Han de ser esos intereses de los alumnos los que guíen el proceso de enseñanza? ¿Cuál es el motor real del interés? ¿Han de ser los alumnos los que decidan qué es lo que deben aprender? Estas y otras cuestiones las consideraremos a lo largo de este artículo.



¿Han de ser los intereses del alumno han de ser los que guíen el aprendizaje? Si estos se entienden como que lo que hay que aprender en la escuela ha de ser aquello que les interesa, ello supone admitir la irrelevancia en sí de aprender unos contenidos comunes. Si cualquier contenido vale, de forma automática estamos devaluando el saber: será igual de valioso el aprender sobre la Historia de España que sobre los puntos que ha ganado cada país en el último certamen de Eurovisión o sobre la vida personal del Youtuber que está de moda. ¿Estamos seguros de esto? El saber merece sistematización, porque no todos los conocimientos tienen el mismo valor.



Vayamos a los cursos superiores. ¿Es posible que a algún alumno le interese el sistema de la tabla periódica, el cómo se calcula el PIB, la guerra de la independencia? Seguramente no. ¿Significa ello que no sean aprendizajes valiosos? Pongamos el caso de un alumno que quiera dedicarse a las ciencias naturales pero al que no le interese la química. ¿No ha de estudiarla solo porque no le interese?



Estoy de acuerdo en que tanto el interés como la motivación son temas que hay que considerar. Y el buen profesor intentará despertar en sus alumnos la motivación intrínseca para llevarlos a aprender sobre su área, buscará activar su interés por el conocimiento, pero para solucionar un problema no podemos hacer concesiones al antiintelectualismo, dejando de lado el papel fundamental del conocimiento y el valor del maestro.



No es necesario, por ejemplo, que para llevar a cabo el aprendizaje basado en proyectos, estos partan de los intereses del alumno. Se puede plantear un proyecto a los alumnos que parta del currículum en el que haya que aplicar toda una serie de saberes y aprendizajes que quizás de entrada no les interese, pero que los llevará al aprendizaje. 



Hay, pues una cuestión de fondo, que es la de que el criterio del conocimiento no pueden ser los intereses del alumno. Existen una serie de conocimientos culturales básicos que han de ser comunes: de historia, de lengua, de ciencias naturales, de geografía... que todos los alumnos deben conocer, ya que les ayudan a situarse en el mundo y a relacionarse con él y con los demás. ¿Significa eso que nunca tendremos en cuenta los intereses de los alumnos? No, sí que los tendremos, y el buen profesor busca conectar aquello que enseña con sus experiencias previas, busca remarcar su valor... pero el interés no debe de ser el criterio del conocimiento valioso.



Otro aspecto que valorar. ¿Tendrá los mismos intereses un alumno de un contexto social desfavorecido, cuyos padres tengan poco capital cultural, que otro de clase alta, al cual sus padres le hayan ofrecido todas las oportunidades desde pequeño? ¿Habrán tenido las mismas posibilidades de conocer y de descubrir el mundo? ¿Si a uno le interesa exclusivamente el Reggaeton o el Rap, no le haremos salir de ahí? 



Los currículums comunes ofrecen a todos las mismas oportunidades, posibilitando que todos conozcan aquello que es cultural y socialmente valioso. Un aspecto que hemos olvidado es el del gran valor del aprendizaje secuencial, el de aquellos planes organizados, lineales, de los diversos conocimientos sobre un área, curso a curso y paso a paso. ¿Por qué? Porque permiten al alumno no solo conocer los conceptos individuales, sino crearse y llegar al gran marco que les permite llegar más lejos. 



Como ya he comentado en otro artículos del blog, no aprenden igual los aprendices noveles y los expertos. Los primeros, tienen que dedicarse simplemente a aprender nuevo conocimiento, mientras que los segundos tienen ya redes conceptuales, estructuradas, que les permiten profundizar en las diversas áreas. Un sistema que se guíe únicamente por los intereses de los alumnos no permitirá que estos se construyan y adquieran las redes de conocimientos necesarias en cualquier ámbito; sea la física, la química, la historia, la lengua. ¿Y cuál es el mejor método para los aprendices noveles? Instrucción directa y clara, ejemplos trabajados, instrucción paso a paso...



Muchas veces, el conocimiento es el que lleva al interés y no al revés. Pongamos el ejemplo de ir en bici. A un niño que no sabe ir en bici, posiblemente sea algo que no le atraiga nada. ¿Para qué querría aprender? Es costoso, en ocasiones aburrido, se caerá, se hará daño... pero si supera esos pasos costosos del aprendizaje, posiblemente le acabe gustando, y en el momento que haga dos o tres excursiones a sitios que le gusten, con buenos descensos, subidas, grandes paisajes... Se convierta ya en una afición. Lo mismo pasa con muchos otros ámbitos como el aprender a tocar un instrumento, un deporte... y con las mismas áreas académicas. Por ello, el interés inicial no puede ser el criterio principal por el que valoremos la conveniencia o no de enseñar algo.



Sin embargo, el pensamiento de que no puede ser que la escuela o la sociedad impongan desde afuera unos conocimientos o una cultura está profundamente arraigado. Se cree que cada alumno se ha de ir construyendo su propio aprendizaje. Es una visión profundamente ligada con la visión del constructivismo como teoría filosófica y metodología de aprendizaje (no como teoría del conocimiento). Esta concepción está basada en el pensamiento inmanentista y racionalista que sigue a la Ilustración. Se basa en ese 'centrarse en los intereses del alumno mal entendido' propio de gran parte de la escuela progresista de la últimas décadas, que convierte la situación, intereses, necesidades del alumno... en el centro del acto educativo.



Ante esta forma de pensar, y como hemos comentado antes, no podemos olvidar que las personas formamos parte de un grupo cultural y político, y tenemos una serie de vivencias comunes (tradiciones, cultural, historia, lengua...) que tenemos que conocer. Por supuesto que, en este marco, tenemos que ver a cada alumno como una persona irrepetible con sus características, carácter, temperamento, talentos y dificultades. Y a todos y cada uno de nuestros alumnos les ayudaremos en la medida de nuestras posibilidades: dándoles un refuerzo, con una ayuda determinada si son disléxicos, motivándolos y creyendo en ellos... Pero no serán ellos los que decidan el qué aprender basándose en sus gustos. En este sentido, los adultos tenemos el criterio y el conocimiento necesarios para establecer qué conocimientos y experiencias son valiosos . ¿Dónde se sistematizan toda esa serie de saberes comunes, valiosos... que vale la pena compartir? En el currículum. Ahí es donde las comunidades políticas acostumbran a secuencias los saberes que se consideran importantes de una comunidad cultural.



Y de aquí sale una última cuestión. ¿Por qué ese miedo que tenemos hoy en día a decidir por los niños? ¿Quién decidió que los niños tienen que decidir desde bien pequeños sobre todo? Como dice Betsy Hart en su libro 'Sin miedo a educar', las generaciones anteriores entendieron lo que sigue siendo una verdad obvia si se quiere ver: los niños no nacen sabiendo. La sabiduría se adquiere solo por la experiencia, o con la experiencia de ver o aprender de los demás y de ser capaces de aplicarnos lo visto y aprendido. Esto requiere madurez, unos padres y otros adultos. 



Entonces, ¿por qué esa tendencia a hacerles decidir sobre todo? Cuando son pequeños, han de acostumbrarse a que decidirán sobre pocas cosas, y a partir de la experiencia de las decisiones que toman los adultos sobre ellos, irán aprendiendo. A medida que se vayan haciendo mayores, irán decidiendo sobre más aspectos, ya que tendrán la base de la experiencia. ¿Por qué les hacemos entonces decidir sobre aspectos para los cuales no tienen ni la experiencia ni el conocimiento necesarios? ¿No somos conscientes de que un aprendizaje importante también es el de que no todo se puede decidir y elegir? 



Cuando conduzco, por ejemplo, no puedo elegir conducir por la izquierda ya que sino pondría en peligro a los demás; en la carrera, a pesar de que me habría gustado, no pude elegir no cursar la asignatura de Música y su didáctica (que se me daba y se me ha dado fatal). Los niños aprenden a tomar decisiones adquiriendo poco a poco autonomía y a partir de las decisiones que toman los adultos por ellos. Es lógico que un adolescente sea el que elija la carrera (en base a una experiencia, a unos intereses, a un conocimiento), pero no lo es que un niño decida sobre aspectos sobre los que no tiene el conocimiento necesario (si estudiar lengua o matemáticas, o si es más conveniente un proyecto sobre los cromos de fútbol de la liga o sobre los paisajes de Europa).